La ciudad donde jamás amanece

LINFEN es el punto del planeta más contaminado. El sol se ve al año 20 días. Respirar una jornada por sus calles equivale a fumarse 30 cajetillas de tabaco. Los padres se quejan de que sus hijos no ven las estrellas. Viaje al futuro si no remediamos la contaminación
DAVID JIMÉNEZ. Linfen (China)

Es difícil decir con certeza si ha amanecido ya en Linfen. El reloj marca las ocho de la mañana y la predicción del tiempo anuncia cielos despejados, pero una penumbra grisácea y espesa lo envuelve todo. Los coches que cruzan la avenida principal llevan las luces encendidas y la falta de visibilidad no permite distinguir edificios situados a 100 metros de distancia. Miles de personas caminan de un lado a otro hacia sus trabajos con los rostros cubiertos por mascarillas, abriéndose paso a través de la densa niebla de polución que mantiene la ciudad en tinieblas.

Un nuevo día ha comenzado en el lugar más contaminado del planeta.

Si el Sol no se deja ver más de 20 días al año en este valle de la provincia china de Shanxi, en el corazón minero de China, es debido al inmenso manto tóxico que se cierne sobre sus habitantes y bloquea los cielos. La mitad de las fuentes de suministro de agua de la ciudad están envenenadas, los agricultores se han arruinado porque nadie quiere unas verduras que se presumen contaminadas y las tiendas de moda han dejado de vender ropas en colores claros porque, como dice una joven universitaria frente a un centro comercial, «en cuanto sales a la calle estás cubierta de polvo negro».

Linfen es una pesadilla medioambiental hecha realidad, la suma de todas las advertencias que los científicos llevan haciendo sobre el clima desde hace décadas y ejemplo del futuro que vaticinan los más pesimistas. La ciudad china es uno de los efectos secundarios de la que quizá haya sido la mayor transformación económica de la Historia en menos tiempo. Desde su apertura en 1979, China ha sacado a 400 millones de sus compatriotas de la miseria, ha logrado crear una pujante clase media y se ha situado en posición de reclamar su lugar natural dentro de las potencias internacionales.

A cambio, el país ha cometido un suicidio medioambiental.

Dieciocho de las 20 ciudades más contaminadas del planeta están en China, sus cinco principales ríos están tan envenenados que en algunas zonas son dañinos incluso al tacto, la mitad de los bosques han desaparecido desde 1978 y monstruosas ciudades donde el verde no le ha ganado jamás un pulso al cemento se han impuesto como nuevo modelo urbano en las zonas industriales.

Linfen es sólo una pequeña parte de un desastre ecológico fuera de control.

CON RESPIRACION ASISTIDA

Peng Xinding es uno de los pacientes que viven conectados a tanques de oxígeno en la unidad de respiración asistida del principal hospital de la ciudad. La escasez de medios hace que los enfermos tengan que turnarse para conectarse a los tres respiradores disponibles. Los médicos de este centro de salud calculan que un día respirando el aire de Linfen equivale a fumar 30 cajetillas de tabaco y aseguran estar desbordados ante la crisis sanitaria que se les viene encima. «Este ha dejado de ser un lugar donde los seres humanos puedan vivir», dice resignado Peng, que como tantos otros pensionistas de Linfen ha recibido la recomendación médica de no salir en ningún momento a la calle para evitar el aire de Linfen.

Lejos quedan los tiempos en los que Peng paseaba bajo cielos azules y pasaba los domingos pescando en los ríos de su Shanxi natal. El desarrollo económico chino ha aumentado la demanda de energía y ha provocado una aceleración de la producción de carbón, que suministra el 70% de la energía nacional. Shanxi, una de las provincias más deprimidas, se ha convertido en uno de los vertederos del dióxido de carbono producido por las explotaciones mineras y las miles de fábricas que han aprovechado la falta de controles para desechar residuos libremente en valles, ríos y descampados. Lo que una vez fue conocido como el campo de las flores ha pasado a ser «la ciudad más contaminada del mundo».

El título se lo concedió a Linfen el Banco Mundial en un informe que fue confirmado el pasado año, cuando el Instituto Blacksmith de Nueva York fue más allá y describió la ciudad como «el peor lugar para vivir de todo el planeta». Los análisis realizados concluyen que el aire es aquí más tóxico que en Chernobyl y hasta cuatro veces más perjudicial que el peor que se pueda respirar en la más contaminada de las ciudades occidentales.

CARCEL MEDIOAMBIENTAL

La situación es tan grave que incluso los funcionarios comunistas, entrenados por el sistema para ocultar las peores noticias bajo la alfombra, han dejado de minimizar las consecuencias de vivir en un lugar como éste. Uno de ellos describe la localidad como lo más parecido a una cárcel medioambiental donde sus habitantes han sido condenados a cadena perpetua: «Si quiere castigar a alguien, hágale ciudadano de Linfen. ¿Podría haber peor castigo?».

El Instituto Blacksmith alerta en su informe de que son los niños quienes están sufriendo las consecuencias más graves, con deficiencias en su desarrollo, el riesgo de graves enfermedades y la merma de un futuro acortado a la fuerza. La esperanza de vida local es de 60 años -10 menos que el resto del país-, y un estudio relaciona directamente más del 20% de las defunciones que se registran en sus hospitales con patologías provocadas por la polución.

Como todas las mañanas, los alumnos de primaria de la escuela Número 2 de Linfen caminan en perfecta fila india hacia el edificio principal. Niños, padres y profesores llevan mascarillas protectoras cuando se reúnen frente a la puerta del colegio para discutir la jornada escolar. El tema de conversación vuelve una y otra vez a la angustia de unos padres que viven pendientes de la posibilidad de que sus hijos enfermen. Todas las clases registran varias ausencias por enfermedades respiratorias y los profesores mantienen las ventanas cerradas para tratar de minimizar los efectos de la polución.

La incidencia de neumonía, bronquitis, cáncer de pulmón, nacimientos prematuros y malformaciones es mucho mayor en Linfen que en el resto de China, pero nadie sabe cuánto más. El doctor You Xian, que ha llevado a cabo el único informe sobre los efectos de la contaminación en la población, asegura que sus resultados muestran una mortalidad un 30% superior a la del resto del país, pero admite que se necesitaría un estudio mucho más amplio para saber qué futuro le espera a los niños de Linfen.

LENTO ENVENENAMIENTO

Pero no hacen falta grandes informes ni opiniones de expertos para concluir que la vida en esta ciudad es lo más cercano a un lento envenenamiento. El primer día, poco después de llegar, sientes picor e irritación en los ojos. El segundo te asalta una tos seca. Al tercero, no es raro tener problemas respiratorios, dependiendo de la tolerancia de cada uno ante la polución y el nivel de ésta en ese momento. «Pobrecillos, son como tiernas flores», dice la señora Yang viendo a su hija de seis años entrar en el colegio junto a otros alumnos. «Y la polución es como una tormenta que las aplasta».

El deterioro de Linfen ha conseguido finalmente sensibilizar a los líderes chinos en Pekín después de que los relatos de los vecinos empezaran a encontrar hueco en la estrictamente censurada prensa china. La desesperación de un padre cuyo hijo aseguraba no haber visto jamás las estrellas, y que había sido incapaz de describirlas en un trabajo escolar, se convirtió en motivo de agrio debate en Internet después de su publicación en el diario China Business Week. Los chinos, hasta ahora centrados en cumplir deseos materiales que sus padres jamás habrían soñado, han empezado a mirar a su alrededor para comprobar hasta qué punto el progreso de los últimos años ha dañado su medio ambiente. Algunos creen que ha llegado el momento de actuar.

El Gobierno chino reconocía hace unos días que no ha hecho suficiente para frenar la degradación medioambiental y que sus objetivos no se han cumplido. El país superará las emisiones de dióxido de carbono de EEUU, el país más contaminante, en 2009, una década antes de lo previsto. China pasará entonces a ser el mayor causante del cambio climático y los expertos creen que su contribución no dejará de aumentar según decenas de millones de sus ciudadanos adquieran coches, lavadoras o aires acondicionados. Expertos dentro de China han empezado a pedir un cambio de política radical. El régimen comunista, sin embargo, insiste en que «la primera responsabilidad» sobre el medio ambiente debe recaer en los países ricos, recordando que cientos de millones de campesinos chinos siguen esperando la llegada de un progreso al que tienen tanto derecho como un ciudadano de Nueva York.

El país se enfrenta con creciente urgencia a la misma encrucijada que otras naciones en vías de desarrollo: la búsqueda de un equilibrio entre el desarrollo económico y la creación de un sistema sostenible. Es una asignatura en la que a menudo los países pobres no encuentran lecciones que aprender de Occidente, donde países como España han degradado su costa hasta niveles insostenibles y todavía consumen una cantidad de energía por habitante muy superior a la china. Pekín, por ahora, ha optado por que las consideraciones ecológicas no mermen su desarrollo económico. Sus planes incluyen la apertura de una nueva mina de carbón cada 10 días en los próximos cinco años dentro de un ambicioso plan para incrementar la actual capacidad de las 21.000 que ya tiene en funcionamiento.

Todo indica que Linfen seguirá siendo un lugar donde día y noche se confunden. Al caer la tarde los coches siguen circulando con sus faros encendidos y la visibilidad es similar a la de una mañana londinense envuelta en bruma. Los árboles agonizan cubiertos en polvo gris y los biólogos han detectado que las abejas han dejado de alimentarse de las flores de la zona. Los campesinos de las aldeas cercanas han visto cómo sus tierras perdían fertilidad y sus productos cambiaban de color y sabor. Los vecinos aseguran que, en los peores días de polución, escupen saliva del color del carbón.

LOS RICOS HUYEN

Ni el cierre de algunas fábricas ni los nuevos pero tardíos controles sobre cuánto pueden contaminar las empresas han conseguido devolver la luz a este lugar. La degradación medioambiental ha terminado por dividir a la sociedad de Linfen entre quienes pueden marcharse y quienes no tienen más remedio que quedarse. Los mismos empresarios de las minas de carbón de Shanxi que han arrasado la provincia han comprado su derecho a respirar un aire mejor, trasladándose a vivir a zonas costeras situadas a cientos de kilómetros de las zonas más dañadas. Los médicos aseguran, por otro lado, que miles de pacientes se encuentran atrapados y que la mayoría podrían curarse con tan sólo abandonar Linfen. «¿Marchar adónde?», se pregunta Peng, conectado cuando le toca el turno al respirador artificial del hospital donde permanece ingresado. «Los únicos que pueden escapar de aquí son los funcionarios del Gobierno y los que se han hecho millonarios extrayendo el carbón. Yo tendré que vivir en Linfen hasta el último día de mi vida».

Fuente. 2007

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