Ser optimista no tiene arreglo!

Escrito por Eze! on 20 jul, 2006 en la categoría Entrevistas Selectas |

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Aunque Gabriel García Márquez diga que las entrevistas tienen que ser una charla íntima sin cuestionarios estructurados, hay un par de cosas que no quiero dejar de preguntarle. ¿Por qué el nombre China?
No podés usar la formula de otro para entrevistar, de modo que pienso que cada persona que pregunta es distinta a otra. Lo del nombre China es muy gracioso: yo me llamo Concepción Matilde, y en el Río de la Plata a las Concepciones las llaman “Cochonas”, imaginate en España. Cuando llegamos a París, en el colegio me decían “Cochonne”, que quiere decir “cerda”, y yo insultaba a mamá, a papá y a mis hermanas por decirme así. Un día les dije que prefería que me llamaran “Cochina”; y Gumita, mi hermana mayor, para hacerme rabiar empezó a llamarme “Cochina”, y acá me tenés 80 años después.

China, con su familia estuvieron varios años viviendo en París.
Sí. Ahí está la foto, mirá qué linda (señala una fotografía de 1925 con el Arco del Triunfo en el fondo, arriba de un dibujo dedicado por Fontanarrosa). Esa es mamá paseándome en la cunita. Estuvimos casi cuatro años, porque papá hizo una estatua ahí. Nosotras hablábamos mucho en francés. Es una manía mía los idiomas, porque después estudié italiano y ruso con el bisnieto de Tolstoi. Ahora quiero volver a estudiar ruso para refrescar la memoria.

¿Me cuenta la anécdota con el taxista y el monumento a Artigas que hizo su padre frente a ATC?
Parece escrita por un autor; el diálogo fue tal cual: ¿Sabe quién hizo ese monumento? No, le contesté al tachero.¡Su padre! Me dijo. ¿Y usted cómo sabe? Porque me lo contó usted en otro viaje…¡Es perfecto!

¿Se acuerda de su abuelo, Juan Zorrilla de San Martín (escritor, 1855-1931)?
A mi abuelo lo conocí muy bien. Cuando murió, yo tenía 9 años. Era una niña que recitaba para él. Me decía: “Vos me vas a dar el gusto que no me dieron mis catorce hijos, vas a ser actriz”. Mis tías se escandalizaban. Él era un viejo fantástico. Me acuerdo de su entierro que fue multitudinario. Nos lo hicieron ver desde un balcón de la plaza Independencia, porque lo velaron en la calle. Estaba todo el pueblo. Un día le dije a mamá: “Che hace mucho tiempo que no se muere nadie en Montevideo, porque paso por ahí y nunca hay entierros”.

En un contexto familiar tan artístico, ¿cuándo y por qué comenzó a actuar?
Mamá decía que una vez en París, fuimos al circo y empecé a llorar como loca, porque estaban los payasos haciendo esas pruebas donde se les caía un hacha y se le cortaba un pie. Yo lloraba a gritos, y mamá empezó a decirme: “No te preocupes, es un líquido colorado que ponen para que la gente se asuste”. No me importa nada el pie del payaso, yo quiero estar ahí arriba, dice mamá que le dije a los 4 años. Y no me extrañaría mucho, porque en la casa de mis abuelos, en el hall había unas cortinas. Con mis hermanas escribíamos escenas de familia. Se corría el telón y hacíamos el espectáculo. Además la moneda en Uruguay era muy fuerte, de modo que siempre venían compañías de afuera, ballets, actores, directores de orquesta, La Comédie-Française. Y justo por una beca me metí en un barco y me fui a Londres en 1946 sola. Estando en Londres, se funda la Comedia Nacional Uruguaya, y me escriben mis amigas diciendo ‘qué lastima que esté tan lejos’, porque estaban llamando a pruebas, ‘y tú estás lejos’. Pero cuando volví, esta gente me vio actuar, y me contrataron. Ahí estuve 10 maravillosos años de mi vida, hasta el ’58, creo.

¿Me cuenta más de la ciudad de Londres de la posguerra?
Estaba muy bien paga por el British Council. Con la beca te daban un dinero y un departamento. Podía ir a ver todas las obra de teatro que quisiera; guardaba las entradas y a fin de mes las mostraba, y me daban lo que había gastado. Y no faltó algún vivo criollo que me dijera: “¿Querés que te de mis entradas?

De ahí a la anécdota sobre la pérdida de la libreta de racionamiento…
¿Te das cuenta? Es la lección de que no se les pasaba por la mente el aprovechamiento de una cosa así. Cuando dije que había perdido mi libreta. Bueno, aquí tiene otra, no la pierda, me dijo el comisario.

¿En qué consistía la libreta de racionamiento?
Todo. Era como un pasaporte. Se llamaba the ration book que duraba como seis meses. Adentro tenía todo lo que uno podía comer, y lo compraba con esos papelitos. Si uno quería algo, le sacaban el papelito. No se podía elegir. Todo estaba en la libreta: un huevo semanal, un poquito de carne una vez cada quince días. La viveza criolla era algo que no lo podían entender.

Me acuerdo de su enojo apenas EE.UU. e Inglaterra invadieron Irak en marzo de 2003.
Sí, con Blair específicamente. Y no tengo consuelos, obvio, pero en la vida cotidiana es el mismo Londres, el trato con la gente. En todo lo veías, con el frío, la lluvia, la nieve. ¡Sin calefacción! Prohibido prender estufas. Esa cosa de tan home-sweet-home que es la estufa no existía porque no había leña. Te morías. Yo me vestía con la ropa de ski para dormir. Pero tenía 24 años.

Y sus padres, ¿estaban enojados?
Mis padres felices. Les dije que me iba con una amiga. Cuando fuimos a tomar el barco, me preguntaron por Gigí. Les dije que no iba. ¿Qué? Me dijeron. No, Gigí no va, se abrió de la beca…

¿Cómo fue el viaje en barco?
Dantesco. Porque el barco durante la guerra llevaba tropas, y todo lo que era camarotes, los habían unido y eran enormes cuatros con tres filas de cuchetas. Tenías que dormir y poner tu equipaje en el corredor. De día subías todas las valijas, así que no podías dormir siesta. Y al llegar, la comida más espantosa. Quería probar el english breakfast: pido desayuno y qué me traen a las 8 de la mañana…¡un arenque, un pescado!

¿Duró mucho el viaje?
Sí, mucho. Y a bordo empecé a darme cuenta de que yo no hablaba inglés como para una beca de teatro, te juro. Ahí tengo los cuadernos en los que anotaba cada día las palabras nuevas que aprendía. En la Royal Academy of Arts, no había nadie que hablara español, entonces empecé a aprender, aprender, aprender. Después pasé cuatro años en Nueva York.

¿A la Argentina venía de chica?
Siempre, mamá era argentina. Yo soy rioplatense.

¿Su familia la apoyó en su carrera?
La familia Zorrilla me apoyó mucho. Era gente muy católica y liberal. Me apoyaban mis tíos jesuitas, y del lado de mamá que no había nadie que fuera a la iglesia, no iban al teatro a verme actuar. Era raro. No se hablaba de eso. Yo los adoraba igual.

¿Cuándo se instaló en Buenos Aires?
En el ’71 vine aquí a filmar una película que me llamó Lautaro Murúa para hacer Un guapo del 900. Me vine de Chile, donde estaba haciendo una obra de Jacobo Langsner. Vine con una valija de mano y me instalé en la casa de unos amigos.

Y vivir en la calle Uruguay, ¿fue por casualidad?
En frente tengo otro departamento. Cuando vi que tenía trabajo, un día salí a buscar departamento. Vi que quedaba uno enfrente y era justo lo que quería, y lo tomé. Cuando empecé a ganar más dinero me tomé éste departamento. Si me voy a vivir a Montevideo, me voy a quedar sólo con el de enfrente, que lo tengo alquilado. Porque ya estoy vieja y me agarran nostalgias montevidianas.

Escaparse a Montevideo es un safari…
No, es cuando estoy en casa y abro mi agenda y no tengo nada que hacer. Eso a mí me excita como un safari africano (ríe). Es cuando estoy acá sin hacer nada, y toco el piano, leo el diario, hago las palabras cruzadas. Yo hago demasiadas cosas y tengo esta compañera Flor (su perra yorkshire que sube al sofá).

Que es un regalo de Bernardo Neustad…
Sí. Es un amigo Bernando con el que tengo una formula de amistad inédita. ¿Sabés cuál es mi fórmula?

No.
No estamos de acuerdo en nada. Y somos amigos y nos amamos.

¿A veces le molesta ser famosa o reconocida?
Sí, a veces sí, un poco. Eso que cuando vine acá ya tenía 50 años y no era la damita joven de las telenovelas. Pero me ha pasado en este momento específico una cosa curiosa: se me han dado cosas muy exitosas que no tenían los ingredientes comerciales para serlo. Uno es Camino a la Meca que hace tres años que la estamos haciendo y llenamos los teatros. Y después hago esta película inesperada (Elsa & Fred), que además se filmó un mes en Madrid y una semana en Roma, y es una cosa que bate records.

¿Qué le pasa cuando está arriba de un escenario actuando?
Mirá, yo no tengo un aproach muy intelectual a la actuación. Creo que es un milagro. El milagro es cuando uno antes de subir tiene hipo y tos; subís al escenario y se te va el hipo y la tos. Bajás del escenario y retomás el hipo y la tos porque la que tiene hipo es China Zorrilla. Eso es una realidad.

Es algo muy ilógico como dice usted…
Sí, es muy ilógico. Eso es ser actor. Pero ese touch que te hace grande está arriba del escenario.

¿Hubo algo que la marcara significativamente en el momento de elegir su vocación?
No. Esa vocación estuvo absolutamente clara. En el medio un noviazgo importante. Bebe le decíamos a él, y yo decía: “El Bebe no me va a dejar hacer teatro”, porque era de una familia muy estirada…

¿Uruguayo?
Uruguayo. Y yo lo quería, pero no podía dejar el teatro. Después yo no estaba muy enamorada de él. Sino, hubiese dejado el teatro y el brazo derecho arriba de la mesa, ¿no?

Volviendo a Elsa & Fred, estoy notando un gran éxito en lo que llamamos “de boca en boca”, escapando de los formatos tradicionales del cine norteamericano o comercial.

Sí, hay poco elenco, pero está muy bien escrita por Marcos Carnevalle (guionista de Pol-Ka), los diálogos que tiene. Era toda una aventura cuando Marcos me la presentó, con un viaje a Europa incluido. Que todo eso tenga un final económico tan extraordinario y tan inesperado. Yo soy conocida acá, la gente me quiere, todo, pero no soy una actriz de cine, sino más bien de teatro.

Una de las preguntas de la película es: “¿Qué es lo más osado que hiciste en tu vida?”¿Qué es lo más osado que usted hizo en su vida?
No han sido mi característica las cosas osadas. Lo más osado que hice fue irme a los 23-24 años de aquella época, sola en un barco de carga a Londres. No era una pavada hace 60 años.

En la escena con el médico, Elsa le confiesa estar enamorada. ¿Qué cosas la enamoran a Ud.?
Me enamora la vida. Todo lo que no es malo para mí es un disfrute brutal. Disfruto la vida cada minuto a lo largo de 83 años. Por algún problema sentimental he estado triste, pero soy la gran optimista. Ahora estoy con la mitad del corazón en Nueva Orleáns. Me preocupa el prójimo. Ser optimista no tiene arreglo, es como ser petiso. Trato de ver las cosas buenas en las cosas malas. Ser optimista da buenas rentas, ¿te das cuenta? No le regales una lágrima de más a la vida.

Ese es el mensaje en La Meca y en Elsa & Fred…
Sí. Pero la finura con la que se trata el tema. Cuando él le dice: “¿Pero qué tienes, qué es lo que quieres?”. Nada, le digo yo. Quiero que me abraces, nada más. El final para mí es una perfección: ella diciéndole a él en la Fontana di Trevi: “Sos la persona que más he amado en la vida”. Después de eso un corte, y el viejito que va sonriente con un ramo de flores a ver la tumba de ella…

¡Embustera!
¡Embustera! Cuando el nieto le dice: “Era mayor que tú”. Y él le dice “embustera” y salé Serrat cantando “Hoy puede ser un buen día”…ese final levanta el aplauso.

¿Por qué a Elsa se le perdona ser una embustera?
Es peor que embustera. Le perdonás todas las cosas porque ya sabés que está enferma. Está tan bien dosificado, que hasta muerta te hace reír. Es el amor de una vieja mentirosa, que viviendo sus últimos meses, hace cualquier cosa con tal de ser feliz, y lo consigue. Y se muere.

En el ’60 estuvo cubriendo el Festival de Cannes para el diario El País de Montevideo…
Sí, y vi La Dolce Vita, cuando se estrenó. Yo estaba en la platea con mi filmadora súper 8; lo perseguía a Fellini. Al final de la cinta se ve que me hace así (junta los dedos de ambas manos hacia arriba), como diciendo no me sigas más.

Cambiando de tema, ¿cuánto tiempo estuvo en Nueva York?
Cuatro años, del ’64 al ’68, Los Beatles, los sixties famosos de Nueva York. Estuve trabajando en un colegio y en una oficina de teatro lo conocí a Dustin Hoffman. Un día me contó que un amigo le había conseguido para que le hicieran una prueba, y como le pagaban el viaje de ida y vuelta a Los Ángeles y tres días de hotel, de paso visitaba a su abuela. Le dije a Dustin que no fuera pesimista. Cuando vuelvo en un barco de carga de un amigo mío con 42 hombres y yo…

Eso sí fue osado…
¿Qué te parece? Entonces bajamos en Baltimore y veo The Graduate con Dustin Hoffman. Y lo llamé y me dijo: ¡Viste que hice la película, y ahora voy a filmar Perdidos en Nueva York! Antes me llamaba. Un día vino a verme al teatro, y después ya no me dio más bola y lo perdí.

¿Sigue definiéndose como una adicta a la generosidad?
Sí. Creo que la generosidad tiene buena prensa, y creo que no voy a ir al cielo por todo lo que he dado, porque te juro que es un disfrute dar. A los generosos nos divierte dar.

¿Fue enfermera voluntaria durante una época, no?
En el Hospital Maciel. Tenía 22 años y había conseguido en una fábrica que me dieran jabones, agua colonia y polvo. Entonces en el sótano del hospital armaba unos baños como para Cleopatra, y esas mujeres que estaban pésimo por neurocirugías, las jabonaba, las perfumaba y salían curadas. Los médicos me decían: “¿Qué les hacés?”.

¿Por qué cree que la gente la quiere tanto?
La gente en general quiere a los actores. Es el único profesional al cual aplauden. Yo estoy haciendo La Meca, y al mismo tiempo hay un médico haciendo un doble transplante, y se va para su casa y nadie lo aplaude. Pero eso tiene sus cosas buenas y malas, porque de golpe no te llaman más. Un día le dije a papá: “Qué maravilla que como escultor te realices en soledad, en tu taller con tu mate y tu música, cómo te envidio”. Sí, pero a ti te aplauden, me contestó. Y me trajo a la realidad de que a mí me aplauden todos los días cuando hago teatro. Eso es una droga.

¿Qué cosas simples o complejas de la vida le dan placer?
Todo lo que no es malo me da placer. Me levanto a las 5.30 o 6 con mi perra, desayuno y digo qué placer, qué linda perra tengo, qué linda la vida. Ahora, si además aparece el hombre de mi vida y me dice: “Nos casamos y nos vamos a vivir juntos, mejor”. Ojalá. Pero no hago la lista de lo que me falta, sino de lo que tengo.

¿Cree en Dios?
Sí. Hablo mucho con Dios. Miro para arriba y Dios ya sabe. Creo que con cosas que dijo Cristo se arregla el mundo: “Ama al prójimo como a ti mismo; no le hagas a los demás lo que no te gusta que te hagan ti, y echemos a los mercaderes del templo”.

¿Qué es tener éxito en la vida?
Es la meta de mucha gente, pero sin saber las cosas malas que trae aparejado. Todos queremos eso. Yo soy una mujer exitosa porque soy vieja y soy feliz. Lo que pasa es que el éxito no tiene la misma definición para todo el mundo. Creo que soy exitosa porque soy muy feliz con lo que tengo. No hay una fórmula, es si lo que tenés se ajusta a lo que querías tener.

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2 Comments

Perni
jul 20, 2006 at 4:32 pm

muy buena nota.

una grande china :tebanco:

saludos don :hufff:


 
MAXIMO SELIGMANN
jul 10, 2009 at 6:19 am

Anoche soñe con Lautaro Murua-Me levante y anote su nombre-Hoy lo busque en la Red-Dice que fallecio en Madrid el 3.12.95.- (China,dice que su despedida fue multitudinaria.Se referia a Lautaro?).-Yo vivo ahora en Aranjuez-Donde estara enterrado ?????????????
La 1ra vez que lo vi,fue cuando,cruzando en bici la plaza de Bcas de Belgrano,con 16 años,sali en la pelicula La Casa del Angel…
las demas veces,al pie de un arbol en la Quinta Recreo Sol y Salud de Bella Vista (BsAs)en los años 50 hasta el 60,domde me recitaba lo que estaba leyendo.Luego,lo vi una vez en Vte Lopez donde se mudo,ya que yo vivia en el barrio.-MAX


 

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