Una cumbre….

Querer a una persona consiste en aceptarla con sus ideas propias, con sus sentimientos y su manera de ser.
No usarla para alcanzar objetivos propios. Ni siquiera permitirse determinar el ideal que debe proponerse ni diagnosticar sus defectos en función de este ideal. Querer a alguien significa aceptar que sea distinto de uno; que no sea de uno, que uno no lo posea. El amor no tiende a la fusión, a la identidad por absorción.

Tampoco pretende lo contrario, amoldarse al otro renunciando a su propia personalidad distinta.
Amarse significa reconocer mutuamente la autonomía, respetar las diferencias y entrar en comunicación gratuita. Crear un ambiente cálido consiste en dejar que el otro pueda ser lo que realmente es. Saint-Exupéry agradeció esta actitud en una carta a su amigo:
¡Estoy cansado de polémicas, de exclusividades, de fanatismos! En tu casa puedo entrar sin vestirme con uniforme, sin someterme a la recitación de un Corán, sin renunciar  a nada de mi patria interior.
Junto a ti no tengo ya que disculparme, no tengo que defenderme, no tengo que probar nada.
Mas allá de mis palabras torpes, más allá de los razonamientos que me pueden engañar, tú consideras en mí simplemente al hombre, tu honras en mí al embajador de creencias, de costumbres, de amores particulares. Si difiero de ti, lejos de tenerte en menos, te engrandeces.
Yo, como todos, experimento la necesidad de ser reconocido, me siento puro en ti y voy hacia ti. Tengo la necesidad de ir allí donde soy puro. Te estoy agradecido porque me recibes tal como soy.
¿Qué he de hacer con un amigo que me juzga?
Amigo mío, tengo necesidad de ti como de una cumbre donde se puede respirar.
Tengo necesidad de recordarme junto a ti, sentado a la mesa de una pequeña hostería y brindando en la paz de una sonrisa semejante al día.
Si todavía combato, combatiré un poco por ti…


Saint Exupéry dice que en la casa de su amigo ha encontrado una atmósfera donde se siente cómodo. Es como una cumbre que le permite respirar. Se siente libre, respetado, aceptado. No necesita esconder nada de lo que siente propio. No necesita ni justificar, ni defender nada. Es acogido con respeto. Hasta las diferencias son motivos de enriquecimiento y no de juicios o tensiones.
Apuesto y creo que seguiré apostando las veces que sean necesarias a este tipo de amor; tanto en la amistad como en cuanto a la pareja. Que bueno que, después de una jornada de desencuentros y malos entendidos con personas que apenas cruzamos en situaciones cotidianas, podamos llegar a esa casa donde no se necesita justificar ni dar razones, ni porques. Un buen amigo que sólo nos escuche y no se espante de nuestros más íntimos pensamientos. El pecho de nuestra pareja en donde podamos recostarnos a descansar un rato y que todo lo que escuche no sea utilizado en nuestra contra….
Creo que es todo un ejercicio… aprender a amar

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