Wiscassssss para leer: Antonio Rios

Tan prolífico como un gato

Antonio Ríos tiene 14 hijos y millones de discos vendidos. Pasó una infancia dura: se crió a mazamorra, trabajó de lustrabotas y en una curtiembre. Indiscutido referente de la música tropical, se da el gusto de grabar chacareras.

«Los gatos siempre me trajeron suerte», dice guiñando un ojo. A sus pies, un elegante siamés ronronea confirmando sus palabras. Sin el clásico sombrero ni los diez anillos de oro que lleva a todas sus presentaciones, el autor de hits inolvidables como Yo me estoy enamorando o Nunca me faltes parece un tipo más. Pícaro como un chico y sencillo como un paisano, se acomoda en su sillón y hace memoria para relatar su vida completa, con tal inocencia que se olvida de enumerar
los premios ganados y los discos vendidos, para detenerse en las anécdotas de su infancia en el Chaco, en los recuerdos de sus tíos, primos y hermanos.

Antonio Ríos es el músico más prestigioso de la movida tropical. Formó parte de grupos fundamentales como Green y Sombras. Creó, lideró y desarmó Malagata. Fue productor, compositor y solista. Grabó 18 discos que alcanzaron el oro, cinco de platino y uno de diamante (más de un millón de copias vendidas). Pero además tuvo miles de amigos, más mujeres de las que puede recordar y catorce hijos cuyos nombres recita de memoria, como un dulce y asonante poema que empieza por Griselda y termina con Salomé.

Con Tierra Querida, su flamante disco de folclore ya en la calle, Antonio cuenta que se dio un gustazo: «Toda la vida me gustó el folclore, pero me quedé con la cumbia porque pegaba fuerte. Canté de todo: baladas, boleros, rancheras. Pero grabar chacareras es algo que tenía que hacer». Chacareras, zambas, chamamés, invitados de lujo como Peteco Carabajal, y por sobre todo, la satisfacción de cumplir con una asignatura pendiente: cantarle a su tierra. Esa tierra lejana, tan viva en su recuerdo, que vale la pena hacer un viajecito al pasado para recuperarla.

La historia comienza el 17 de agosto de 1954, en La Escondida, un pueblo de seis mil habitantes a 60 kilómetros de Resistencia, donde nacieron Antonio y sus cinco hermanos. El padre, un músico frustrado que guitarreaba en cada reunión familiar, trabajaba en la única fábrica del pueblo. Cuando cerró, tuvo que migrar a Buenos Aires dejando la familia a su suerte. «Me acuerdo que andábamos descalzos, era un pueblito bastante carenciado –dice–. Mi viejo se vino a Buenos Aires a buscar una casa y tardó un año en regresar. Ya creíamos que no volvía más. Y vivíamos con mi vieja de lo que sembraba, nos criamos a mazamorra. Pero el viejo volvió y fuimos a Fiorito.»

¿Fue un cambio muy grande?

¡Imaginate! Mi mamá no se hallaba, lloró como un año, extrañaba horrores. Nosotros empezamos a lustrar zapatos en las paradas de colectivo para ayudarla.

Ni soñabas con cantar todavía…

No te creas, ya soñaba. Me apasionaban dos cosas: cantar y jugar al fútbol. Cuando terminaba de lustrar zapatos me iba al club. Jugaba para El Porvenir, que era un club chiquito, y cuando salía de ahí, entraba a vocalizar. Mi viejo se enojaba porque no descansaba. Pero yo quería ser alguien.

Querías ser un crack…

¡Y jugaba bien! El fútbol no fue porque cuando se me dio para jugar en Racing, El Porvenir no me dio el pase porque era el goleador. Ahí largué y me dediqué de lleno a vocalizar, estudié tango, melódico y folclore. Ya tenía 15 años.

¿Seguías lustrando zapatos?

No, a los doce me metí a trabajar en la curtiembre. Y era duro. Al principio me pusieron en terminación, donde se le da el toque final a los cueros. Pero a los 18 me bajaron a la ribera, lo más pesado, porque estás con botas y delantal, metido en el agua, pelando cueros, bajándolos salados, con pelo. No había montacargas; cargábamos los cueros mojados a hombro.

¿Y trabajar de músico era imposible?

No, algo caía. Ensayábamos en casa con mis hermanos, y los vecinos nos tiraban huevos. Pero un día vino un muchacho a buscarnos para tocar en los carnavales, 8 noches. Cuando subí al escenario me temblaban las piernas. Era un club cerca de casa, nos conocían todos.

No te alcanzaba para vivir…

Ni para comprar una guitarra… Cuando cumplí 20 años me hice verdulero. Y como me iba bien largué la música también. No canté más, me casé. Pero a los 22 ya me sentía encerrado, aburrido.Y a los 26 vino el grupo de un amigo que hacía rock. Tenían que grabar y el cantante estaba disfónico, así que me vinieron a buscar.

Estarías feliz…

Era mi sueño. Yo estaba casado, había largado la música. Y mi mujer, Marta, me dijo que si volvía a la música ella se separaba.

¿Y qué pasó?

¡Nos separamos! Yo quería cantar, un futuro mejor. Pero la plata no venía, así que seguía con la verdulería. Hasta que entré al grupo Green en el 82. Pero dos años después me cambiaron por otro, porque dijeron que cantaba demasiado fuerte. Entonces fui a Sombras y empecé a ver algo de plata. Cantaba los fines de semana. Grabamos La Mala Gata y fue un éxito. Presentamos un demo, y cuando lo escuchó el director de la compañía dijo «me gusta todo menos la voz».

¡No me digas!¡Te digo! Me quería morir. Pero los muchachos me defendieron y me quedé. Igual, al año siguiente se pelearon entre ellos. Y yo dije así no canto más, me quedé con el bajista y el violero y formamos Malagata. Grabamos y tuvimos un manijazo terrible, sonaba en todas las radios, hicimos televisión. Llegamos a hacer 28 shows por fin de semana. Con los músicos andábamos al palo de un baile para el otro…¿Y por qué se separaron?

Por esa época estaban muy de moda los carilindos, los pelilargos. Cuando me enteré de que me querían cambiar por un pelilargo, el que se abrió fui yo. Así que agarré al grupo de mi hermano y decidí salir como solista. Yo estaba cumpliendo 40, y en la compañía me decían: «¿Quién carajo te va dar bola? No sos joven, no sos carilindo». Pero arrancamos y fue un golazo. Estaba tan peleado con Malagata que compuse el tema La Gata: «Ay mamá, me siento aliviado, al fin se ha marchado esa mala gata que tanto daño me había causado».

Y fue otro hit…

¡Sí! Pero el que más pegó fue Yo me estoy enamorando. Me llamaron de España, fui a Francia, Suecia, Estados Unidos… Sonó hasta en Japón. Ya nadie me dijo que no. Ahora elijo mis temas. El año pasado grabé un disco de mariachis para ir al exterior. En Chile gustan mucho los mariachis pero acá no se pudo meter.

Por eso vivís entre la Argentina y Chile…

Por eso… y por Jaquelín.

Jaquelín, la mujer de Antonio, sonríe al escuchar su nombre. Es una morocha hermosa, de 22 años, que le cocina, le atiende la casa, baila en sus shows y lo acompaña a todos lados. Se conocieron en Chile, cuando ella tenía 18 años y trabajaba como ayudante de mucama en el hotel donde se hospedaba el músico. Era tan inexperta como mucama, que entró sin golpear a la habitación de Antonio. Lo encontró recién salido de la ducha, apenas cubierto por una toalla… A pesar de la diferencia de edad –30 años–, la familia de ella no se opuso a la relación. «Llévela, don Antonio, termínela de criar», dijo el padre.

A Ríos –»el Maestro», según sus fans– no le han faltado amores. Aunque su fama de picaflor lo precede –y 14 vástagos de distintos vientres dan fe–, él prefiere no presumir de sus conquistas. «No me gusta fanfarronear con las mujeres. Después que me separé de Marta, hice vida de amantes hasta que conocí a Jaqui. Las chicas se arrimaban en los bailes, salíamos y quedaban embarazadas. Así fui teniendo hijos. Algunas los querían tener para atarme, pero a mí no me ata nadie. A los nenes les di el
apellido, los veo, les paso alimentos. Algunos trabajan conmigo.»

¿Y nunca dudaste de tu paternidad?

Fui medio tonto, no dudé. Ahora, cuando me hice el ADN se vio que un chico no era mío, pero yo ya le di el apellido, no se lo voy a quitar.

Aunque catorce parezca mucho, Antonio está planeando tener otro hijo. Jaquelín está de acuerdo: asegura que un bebé es lo único que les falta. El cuadro familiar lo completa Batman, el siamés. «Este es padre de cinco gatitos», cuenta Ríos. Al lado de su dueño, casi nada.

Fuente : Clarin

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  1. Fer

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